Vivimos
apresuradamente, como transitando abruptamente por el universo paralelo que nos
construimos sin conocer señales de alto o estaciones interespaciales donde
cargar combustible, porque no lo necesitábamos, nos teníamos el uno al otro y
eso era suficiente. Al menos por un momento que se nos iba fugazmente también.
La
vida debe ser como uno de esos ríos cristalinos y caudalosos que fluyen por
inercia, sin detenerse, que cambian y nunca vuelven a estar en el mismo lugar,
que mueren en el mar, entre la plenitud, entre el horizonte donde se une con el
cielo y no se sabe dónde se esconde el sol cada atardecer o porque no consume
el agua si parece sumergirse.
Yo
no sé cuantas veces quise retenerte, hasta que entendí que eras como el viento
que viene y va, arrastrando consigo hojas muertas en otoño o haciendo que la
lluvia golpee los vidrios de las casas o los vehículos por las calles de la
ciudad.
Uno
a veces no se pone a pensar lo bueno que es conducir con alguien a tu lado
tomándote la mano, distrayéndote para que no veas únicamente la carretera que
se pierde en el infinito, yo no sé si tu y yo realmente estuvimos locos
viviendo una realidad o únicamente cada uno con su camisa de fuerza imaginó
momentos irrepetibles bajo la tenue luz de la habitación.
A
veces me da por recordar tu mano apretando la mía, caminando lejos, en medio
del frío y la humedad, parados en un lugar sin nombre, tratando de ver una
panorámica de nuestras vidas donde estuviéramos realmente juntos hasta el
final. A veces me da por cantarte al oído otra vez, mientras conduces en medio
de la neblina sin más esperanza que mi presencia, sin más brújula que nuestro
instinto y sin más presente que nuestro amor.
Algunas
veces me subo a un sueño y llego hasta el cielo, pero no te puedo encontrar…

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Impregna en esta intermitencia un poco de tu luz.