Ella insistía en que habían gotas adentro, gotas enormes que hacían ruidos estruendosos al chocar contra el suelo, pero era peor aun si caían sobre la cabeza o los hombros, al parecer según ella se precipitaban como en cámara lenta, como arañas que descendían lentamente a través de su fina tela.
Y entonces no teníamos un nido de arañas en el techo. No. Teníamos agujeros enormes que daban paso libre al frío de invierno y la lluvia de melancolía que traía consigo. Según dijo empezaban a ser demasiados orificios y seria imposible taparlos todos antes de que nos inundara la soledad o se nos escapara la esperanza, y volara lejos hacia donde no la podríamos alcanzar.
Ella no creía en mi voz diciendo que no era cierto, que únicamente se trataba de un mal momento en el cual todo parecía ponerse gris porque la lluvia era demasiado fuerte, y si yo creía en eso de que había una luz al final del túnel, ella creía que solo nos hundíamos mas en un abismo sin fin, un abismo como ese donde mucho tiempo esperé para verla llegar.
Ella lloraba y ahora no era el techo con goteras su preocupación, sino el tiempo perdido y los pedazos de cielo que caían en los rincones, yo intenté tomar su mano y ella dijo que todo estaba mal, que yo era otro, distinto, con miles de reproches que contrastaban con sus excusas inservibles y las ganas que los dos teníamos de amar.
Entonces me reconocí inservible y mas aun cuando me dijo que no podía expresarme de una forma sutil, que el amor parecía no existir en mi vocabulario, quizás de pronto ella olvidó que el amor es un sentimiento hostil, salvaje, que no da tregua y destruye todo a su paso, que roba ilusiones, pero que de la misma manera puede convertir sueños en realidad, ella tenia uno de esos en sus manos y olvidó que fuimos los dos quienes usamos una alquimia desconocida para el mundo, para poder hacer que respirara, hablara y se moviera entre nuestros pensamientos de una manera singular.
Entonces quise tener sus ojos y ver el mundo que ella veía, quise robarme sus miedos aunque sabía que los míos crecerían, pero quizás si soportaba mas tiempo... Hasta que el sol saliera y nos mostrara una realidad diferente, hasta que todo cuajara y la verdad de todo esto fuera evidente.
Ella no percibía mis gritos de auxilio llegando a su vida en formas distintas, que dolerían menos que el hecho de intentar que viera la realidad que vivía sin ella, no entendía que debía tomar mi mano con fuerza y someterme a su destino que aun era de los dos para mi. Pero no pasó y ladrillo por ladrillo, cada uno con un reproche distinto construía un muro mientras yo con los míos solo quería construir un puente para que pudiera alcanzarme sin tener que sufrir.
Ella me silenció y quiso después que le hablara, mientras tapaba sus oídos para no escucharme sollozar.
Ella tuvo miedo de algo que no pasaba y perdió las ganas, enredada en lo que realmente no iba a importar. Como el techo ese lleno de agujeros con gotas de agua que simulando arañas descendían para doler cada vez más y señales de humo que no pudo descifrar.
Entonces no solo los rincones se llenaron de cielo, sino también el piso donde estábamos parados se volvió de nubes y lentamente empezamos a caer rodeados de minutos constantes y frases de esas recurrentes que uno intenta usar para decir adiós.
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