No recuerdo cuantas veces dije adiós, con razones que
parecían bien fundamentadas y motivos de sobra para no volver.
Con la esperanza marchita oculta bajo la mirada y la intención
de evitar tropezar, no con la misma piedra, sino con la misma ilusión.
Con la maleta cargada de sueños muertos, momentos inciertos
y días en los que las nubes no me dejaron ver los rayos del sol.
Sucumbí ante lo desconocido de una promesa rota y vuelta a
remendar.
Las lágrimas se me convirtieron en una lluvia imprevista que
no dejaba ver con claridad y muchas veces me perdí tratando de saber hacia dónde
dar ese siguiente paso, pero todo se resumía en un metro cuadrado sólido, lo
demás era vacío, humedad, ideas volátiles y palabras saliendo a borbotones de
un cerebro a punto de estallar.
¿Cuántas veces decidí marcharme sin encontrar la fórmula
para lograrlo? No lo sé.
El tiempo sigue yéndose y aunque siento ganas de correr, se
que aun no es tiempo de huir.

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